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miércoles, 15 de junio de 2016

PIRATAS DE BARBADOS. cap.3 En la Isla de Barbapapá

¿Existen los tesoros piratas?. Eso es 
algo que hoy descubriremos. Yo más 
bien diría que existieron alguna vez, 
pero... la pregunta sería: 
¿Queda aún alguno?


3.- EN LA ISLA DE BARBAPAPÁ


Ya en La Tortuga pasaron unos días en dique seco para la reparación  de El Bergante. Mientras tanto compraron velas nuevas, pólvora y proyectiles e hicieron acopio de provisiones para el cuerpo y para el espíritu, o podríamos decir más bien: corporales y espirituosas.
Y, por fin, los piratas del Capitán Barbanada partieron de La Tortuga en busca de naves que abordar, de guerra que hundir y de recreo, de esas que vienen y van, para recrearse la vista al verlas navegar tan gráciles y ligeras, como si estuvieran bailando un ballet.
El Capitán pensó que la noticia del hundimiento del Titán ya habría llegado al Gobernador de Port Royal y los estarían buscando por aquellas latitudes; de modo que decidió, aunque eran unos mares poco conocidos y visitados, poner rumbo al norte para explorar las rutas que las naves españolas e inglesas frecuentaban en su travesía hacia el Viejo Continente y, de paso, alejarse de Jamaica y de los mares más frecuentados por la Flota Inglesa.
Ya sabemos lo que pasa en altamar cuando hay calma chicha; que los días son lentos, al igual que el barco, y que hay provisiones que se acaban, como por ejemplo el agua. No porque los tripulantes de El Bergante se la bebieran, puesto que preferían beberse otras cosas, sino para los pucheros de Doug Adams, para fregar la vajilla y el menaje, para el baño y por la obsesión de todos en lucir unas ropas mucho más limpias y más blancas que el vecino, de modo que todo se iba en remojados, lavados y aclarados.
Era preciso reponer las reservas de agua lo más pronto posible, y el vigía tenía orden estricta de no dejar escapar ninguna isla, por pequeña que fuera, que apareciera en lontananza.
Lontananza es ese lugar lejano e inalcanzable, en donde se suelen encontrar las cosas remotas, aunque por su lejanía no se pueden encontrar. Hecha esta innecesaria y pedante aclaración semántica, seguimos enhebrando el hilo del relato.
El vigía temía avizorar alguna isla y que ésta se le escapara; pero podía estar muy tranquilo, las islas no se mueven así como así. Y si lo hacen, si se mueven, es mejor no intentar acercarse a ellas porque, a buen seguro, se trataría de alguna ballena.
- ¡Tierra, tierra, tierra! - gritó el vigía
- ¡Agua, agua, aguarda un momento! ¿por dónde dices?
- Por estribor y a unas veinte millas
De modo que “Cuatrorrumbos”, el timonel, dio un giro a la rueda de cabillas y dirigió al Bergante hacia aquella latitud.
El Capitán consultó las cartas de marear y terminó con la cabeza hecha un lío de campeonato, todo le daba vueltas; pero acabó por averiguar, tras consultar las coordenadas con el sextante, que se trataba de una isla de curioso nombre, la Isla de Barbapapá.
Pensaréis que me lo he inventado y que ninguna isla puede llamarse de un modo tan extraño, pero el nombre no lo era tanto. La había descubierto hacía muchos años el famoso pirata Barbalarga, hijo de Barbacana. Barbacana había sido un famoso pirata de los antiguos, de los míticos inicios de la piratería en el Mar Caribe. Se llamaba Barbacana, aunque no porque tuviera la barba canosa, puesto que ni siquiera lucía barba. Le llamaban así porque era el bastión defensivo más avanzado, más decidido y valiente en cualquier batalla, y también en el ataque.
Barbalarga había descubierto aquella isla al principio de sus actividades piratescas y, como quiera que su padre ya era anciano y declinaba su aureola como “Terror de los Siete Mares”, como ya iba cayendo en el olvido, decidió ponerle el nombre de Isla de Barbacana en su honor. Pero como quiera que Barbalarga, a veces, también decía:
- Rumbo a la Isla de Papá
Al cabo del tiempo, los piratas de su tripulación y finalmente los de todo el Caribe comenzaron a llamarla, por abreviar, la Isla de Barba o la Isla de Papá; y luego, para sintetizar, Isla de Barbapapá, y así se quedó para los restos y para las cartas marinas. De todos modos era una isla sin interés alguno, escasa en recursos y muy limitada de dimensiones.

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Hacia años que Longbeard, es decir el Capitán Barbalarga, había tenido un golpe de suerte. Abordar un barco mercante era fácil, pero el botín no solía ser gran cosa. Iba dando para cubrir gastos y repartir algo de botín entre la tripulación, y algo para el Capitán, como es natural, pero no mucho.
Desde pequeño, Frederic Freakley, al que luego llamaron Barbalarga, había oído a su padre hablar de los ricos tesoros capturados en los buenos tiempos de la piratería:
- Aquellas sí que eran buenas presas. Nuestros cofres rebosaban de lingotes y monedas de oro, así como de piedras preciosas.
- ¿Y dónde fue a parar todo ese oro y pedrería, Papá?
Frederic siempre había sido el niño mimado de su padre, siempre le tuvo un respeto reverencial y ansiaba ser tan grande como Papá.
- Todos los que estaban a mi lado se marcharon con una fortuna.
- ¿Y tú no te quedaste nada?
- Eso ya lo sabrás a su debido tiempo.
Y ahora, en aquella ocasión, había llegado el debido tiempo.
Una nao se puso a su alcance. La escoltaba un patache bien artillado, y eso despertó su curiosidad y su ambición.
- Si lleva escolta es señal evidente de que transporta algo valioso. ¡Vamos a por ellos! ¡Todos a los cañones! ¡A toda vela! ¡ Orzad a estribor! ¡Preparaos para el abordaje!
La actividad en el Avenger, que así se llamaba el barco de Barbalarga, era frenética. Los artilleros estaban a punto con sus botafuegos encendidos y preparados para prender las mechas.
- Hay que acabar con el patache ¡Preparados!
Y en el momento en que se encontraban a tiro, ordenó:
- ¡Fuego!
Y se encendió el infierno en la cubierta del patache, pero no por los disparos del Avenger, sino por uno de sus propios cañones. Al dispararlos, uno de ellos no estaba bien asegurado, se destrincó con el retroceso viniendo a dar, como un ariete, contra un barril de pólvora que hizo explosión, barriendo toda la cubierta y acabando con todo lo que le rodeaba.
Las balas de ambos navíos habían errado el blanco y resultaron inocuas, pero no así los efectos de la explosión.
El capitán del patache, sin suficientes artilleros indemnes, no consiguió que se recargaran los cañones, pero Barbalarga aprovechó la oportunidad y acabó acribillando a su adversario y enviándolo al fondo.
El abordaje de la nao fue coser y cantar, y Barbalarga se encargó personalmente de revisar la carga.
Era una presa poco habitual. Se trataba de un transporte de lingotes de oro, desde las posesiones ultramarinas con destino a la metrópoli, Londres. Seguramente eran fruto del saqueo de naves españolas, pero a Barbalarga aquello no le importaba, ¡allá cada cual!.
Tras aquel éxito, y no antes; Barbacana, orgulloso de su retoño, le confesó el paradero de su tesoro. Un tesoro al que Barbalarga añadió el oro de su último botín y decidió esconder en una isla solitaria, desconocida y que él había descubierto hacía tiempo en una situación de emergencia.
Decidió que aquella isla sería el lugar más seguro para ocultar su tesoro y, para mayor seguridad, dejó abandonado en aquella isla casi inhabitable al único marinero del Avenger conocedor del lugar exacto del paradero de su tesoro con la intención de que se llevara a la tumba su secreto.
Barbalarga fue también muy inteligente al no tratar de ocultar la existencia de dicha isla, una isla carente de recursos y de cualquier interés. Al contrario, la dio a conocer al ponerle el nombre de su padre y hacer frecuentes travesías por sus inmediaciones. Para que algo pase inadvertido a todos no hay nada como dejarlo bien a la vista, debió pensar acertadamente.
Consiguió también que dicha isla apareciera en las cartas marinas, pero como una de las muchas islas deshabitadas, inhabitables y nada útiles.
De modo que, durante años, a nadie se le ocurrió  recalar allí, hasta que lo hizo el Capitán Barbanada con El Bergante, en busca de agua.

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Tuvieron que fondear lejos de la costa porque no había suficiente calado. Si El Bergante hubiera sido una carabela podrían haber llegado casi hasta la playa, pero con aquel bergantín no era posible. 
De modo que botaron la chalupa, cargaron las cubas vacías, algo de bebida y provisiones, y el Capitán partió, al frente  de un grupo de hombres armados, porque nunca se sabe qué podía pasar en una isla desierta y tampoco se sabía si realmente lo era. Isla era evidente que lo era, no había la menor duda, pero eso de desierta aún no lo sabía a ciencia cierta.
Por las notas de la carta marina, el Capitán supo que había un manantial al norte, al pie de un pequeño y antiguo volcán de escasa altura; y allí se encaminaron todos, acarreando las cubas y maldiciendo anticipadamente a Isaac Newton y a la ley de la gravedad que hacía poco acababa de enunciar, al pensar en lo que pesarían al regresar, una vez estuvieran   llenas.
Quitando unos escasos cocoteros dispersos, no parecía que allí hubiera alimento suficiente para que alguien pudiera subsistir y, quitando un lagarto que escapó como una  exhalación, tampoco proteína animal suficiente. De modo que el Capitán concluyó que allí no iban a encontrar habitantes y podían sentirse tranquilos y seguros. El Capitán tenía casi toda la razón; y digo casi porque no encontraron habitantes, aunque sí habitante.
Un escuálido, macilento, sucio y harapiento personaje les salió al paso y todos dieron un paso atrás a causa de la sorpresa, el aroma que exhalaba y temiendo mancharse sus impecables uniformes de pirata.
Tan demacrado, tan esquelético y cadavérico y tan negro de roña estaba, que hubiera servido como bandera a cualquier barco pirata, salvo El Bergante, porque su bandera era algo especial.
El Capitán le increpó y el otro se encrespó.
- ¿Quién eres tú y qué haces aquí? si puede saberse, y usted disculpe.
- ¿Y vosotros tan acicalados y relamidos? ¿qué hacéis en mi isla? ¿quién os ha dado permiso?
- Esta isla no es tuya, seas quien seas, es la de Barbapapá o, digo mejor, es la Isla de Barbacana, y nosotros vamos donde nos da la real (Dios Salve al Rey) gana. No vas a ser tú quien nos lo impida.
- ¿Barbacana? Ahora debe ser Barbablanca, si es que sigue con vida y se la ha dejado crecer. Barbacana lo era hace muchos años, aunque no tenía barba cuando su hijo me abandonó aquí al cuidado de su tesoro. No sabéis lo duro que es sobrevivir aquí, y lo peor, sin nadie con quien poder hablar. Ya casi estaba olvidando cómo se hace y casi no recordaba como sonaba una voz humana. ¡Llévame contigo! ¡déjame pertenecer a tu tripulación !
Venciendo los reparos y la repugnancia el Capitán se acercó y dijo:
- Me parece que tú no encajarías de ninguna manera en mi tripulación, te falta clase, modales, educación y, además, tienes más roña que el palo de un gallinero y apestas.
-¡Por favor! ¡por favor! - dijo Bennie el Goonie, que así es como se llamaba aquel extraño pirata, dando un paso hacia adelante. El Capitán dio un respingo y dos pasos atrás..
- Bueno, vete ahora a la playa, date un buen baño y ya hablaremos luego, veremos si entonces te permito subir a bordo. Pero si lo haces será en calidad de pasajero hasta que te pueda desembarcar en el primer puerto. Como tripulante, lo dudo, te falta mucho por aprender.
Siguieron todos internándose en busca del manantial. Bennie el Goonie marchó a la playa a bañarse, aunque para librarse de todo lo acumulado en años necesitaría estar largas horas en remojo y frotar a conciencia y enérgicamente. ¿Qué quedaría de él después de eliminar aquella gruesa capa, dura y rugosa como cuero de elefante?
Mientras tanto, los expedicionarios habían llegado ya al manantial, habían cargado el agua y se habían tomado unas botellas de ron para cargar energías que les permitieran cargar las cubas sin que supusieran una carga o, al menos, para estar lo bastante cargados para no notar el peso de la carga del cargamento con que tendrían que cargar.
Bennie se había frotado enérgicamente con arena de la playa y se estaba aclarando en el agua. Ahora su piel no era negruzca con tonalidades verdosas y marronáceas. Ahora tenía un color rojo como un tomate, de tanto que se había frotado con la arena, pero también se había desprendido de sus harapos; y aquel fideo rojizo, que parecía más el bigote de una gamba que otra cosa, tenía un aspecto deplorable y sin una mísera hoja de parra o de palmera con qué taparse las vergüenzas. El agua salada le escocía en aquella piel desollada y desprovista de su habitual armadura o corteza protectora y se rascaba afanosamente, cosa que agravaba aún más su problema.
En cuanto llegaron y lo vieron así, no pudieron reprimir una carcajada colectiva, pero a Big le dio pena, se quitó el pañuelo de la cabeza y Bennie casi se pudo hacer con él una túnica hasta los pies.
Entre todos cargaron las cubas, treparon a la chalupa y remaron, vigorosa pero rítmicamente, al ritmo de la Banda que, desde la cubierta de El Bergante, tocaba una tonada escocesa con Robert Gordon, expatriado del clan Gordon, a la gaita.
Al subir a bordo, el resto de la tripulación quería saber quién era aquel personaje tan peculiar, pero no lo demostraban abiertamente para que no se les tachara de mal educados.
-¿Qué novedades traéis?
- ¿Estáis todos?
- Pues yo no quiero señalar, pero los números no me cuadran
-¿Estaba habitada la isla?
- Big, hacía tiempo que no te veía el pelo
- ¡Entendido! Lo he entendido perfectamente, nada de indirectas ¡queréis saber quién es! - dijo el Capitán.
Y, tras ponerles al corriente de las circunstancias del encuentro, añadió.
- A ver si le encontráis algo de ropa, si es que hay alguna talla que le cuadre, no puede andar por ahí con un pañuelo de cabeza.
- La mía puede que sí – dijo Jim Botones, el grumete.
Y se lo llevó al camarote para buscarle unas ropas que le devolvieran a él algo de la dignidad y a Big su pañuelo.
Mientras regresaban, el resto había bajado el agua a la bodega y pronto se reunieron todos en cubierta.
Bennie iba perfectamente ataviado de pirata, pero no como él solía vestir cuando estaba en activo, sino como aquellos raros piratas de El Bergante, limpios y pulidos. Le sobraba un tanto de cintura, caderas y hombros, pero al menos no iba arrastrando las perneras, ni las mangas le ocultaban las manos. Por otra parte se había rociado abundantemente con colonia y olía bien, aunque seguía teniendo el color rojizo de la fricción con la arena y le seguía picando todo.
- Tendrás que conseguir otras ropas a tu medida si no quieres parecer un espantapájaros, aunque bien mirado puede que éstas te queden bien en cuando engordes un poquito – le dijo Big en el momento en que Bennie le devolvía su pañuelo de cabeza.
Big se lo guardó con un fruncimiento de nariz. Tendría que ponerlo con lejía y lavarlo a fondo.
- Capitán – dijo Bennie con un hilo de voz – le estoy muy agradecido por rescatarme cuando ya desesperaba en volver a ser una persona humana entre humanos, y por acogerme tan generosamente en su barco. En prueba de mi agradecimiento, le descubriré un secreto que he guardado celosamente durante estos años, nada más y nada menos que el fabuloso tesoro de Barbalarga, que el diablo confunda.
- Me parece que vas a necesitar unas lecciones de modales ¡caramba! Y de cortesía ¡voto a Bríos!. Pero a eso que nos ofreces, tengo que decirte que no sabes qué tesoros son los que nos interesan.
- Pero Barbalarga tampoco sabe en qué se ha convertido su tesoro y, de saberlo, estoy seguro que se subiría por las paredes..
- Está bien, veámoslo, simplemente por curiosidad, pero si nos engañas te arrepentirás, lamentarás haberlo hecho y pasarás el resto de tus días en esta dichosa isla.
Eran finos, corteses, educados pero, como ya sabemos, muy sanguinarios; así que, para celebrar lo que fuera que hubiera que celebrar, no importa qué, se tomaron unas rondas de Bloody Mary. Bennie no lo cató, su estómago no lo hubiera tolerado y no era lo bastante sanguinario. Sólo comió un tomate en ensalada, pan, queso y un vasito de vino, y todo le supo a gloria.
Volvieron a la chalupa, que aún no habían izado a bordo, y partieron hacia la isla. El Capitán llevaba el timón y a los remos iban: Big, El Antillanito con su estoque, Porfavor Johnson y Caimán Caribeño. Les guiaba Bennie, y Jim Botones les acompañaba como grumete y ayudante.
Bennie les guió por un camino oculto y estrecho, hasta la boca de una gran cueva. Olía intensamente a humo y se notaba que allá adentro se habían encendido muchas fogatas durante años. Una gran sala llena de grandes estalactitas resultaba ser la vivienda de Bennie a lo largo de aquellos años. No quedaban estalagmitas; salvo unas cuantas que, tronchadas a baja altura, debían haberle servido de asiento. Completaba el mobiliario una especie de mesa hecha con cañas de bambú atadas y con patas de cocotero y un lecho hecho de hojarasca seca con hojas de palmera entretejidas sobre un entramado de bambú. En un rincón se veían unos sencillos recipientes de barro cocido que parecían hechos por él mismo y algo así como unos cubiertos hechos con caña de bambú..
Al fondo de aquella sala algo brillaba cegadoramente, aún más que sus espadas y sus correajes, que ya es brillar. Una inmensa panoplia reposaba contra la pared y en ella relucía media docena de enormes sables de oro con empuñadura recamada de diamantes, cruzados y apoyados sobre un gran escudo, que incluso a Big le vendría grande, todo él de oro y recubierto con círculos concéntricos de las piedras preciosas más ricas y multicolores.
Bennie había convertido el tesoro de Barbalarga en aquella impresionante obra de arte, y a Barbanada le gustó porque no servía para nada, sólo de adorno. Estaba claro que Bennie, durante muchos años, se acabó aburriendo y se tuvo que buscar una distracción para no acabar volviéndose loco, aunque no se sabe si llegó a tiempo de no hacerlo. Ningún pirata hubiera empuñado un sable de aquellos, aunque su vida corriera grave peligro y aunque hubiera sido capaz de levantarlo del suelo y enarbolarlo. No eran apropiados para el combate, y tampoco el escudo, pero todos quedaron boquiabiertos a la vista de aquel insólito tesoro.
- ¡Córcholis!
- ¡Caracoles!
- ¡Caramba!
- ¡Carape!
- ¡Cáspita!
Dijeron llenos de admiración y asombro.
Era inconcebible que aquello lo hubiera podido forjar Bennie, sin ayuda y sin herramientas, aunque algunas sí tenía porque se había quedado olvidada en tierra la caja de herramientas del herrero de a bordo. Y, en cuanto a la fundición, se las arregló con una fragua improvisada y casi todos los cocoteros de la isla. Ahí sí que no fue capaz de medir las consecuencias de sus actos. Al usar los cocoteros en la fragua vio mermada considerablemente la producción del único alimento abundante en la isla, aparte de algunas aves marinas, algún lagarto y, eso sí, los pocos peces y moluscos que podía pescar. Por todo eso es por lo que lo habían encontrado en aquel estado extremo de desnutrición y delgadez.
El Capitán ordenó llevar todo a la nave, y lo tuvieron que hacer en dos viajes, uno para el escudo y otro para los sables; pero, una vez a bordo, lo celebraron como sólo ellos sabían hacerlo.
- Te acabas de ganar un puesto en la tripulación de El Bergante, no sé si sabes combatir pero al menos puedes sernos útil como herrero, aunque antes tendrás que someterte a cursos intensivos de cortesía y etiqueta con el Jefe de Protocolo de a bordo.
Izaron la chalupa, izaron las velas, izaron el ancla y zarandeados por un fuerte viento racheado de levante que se acababa de levantar, tomaron rumbo a Jamaica. Ésta vez sí.


Y LA PRÓXIMA SEMANA:

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